Editorial: La mesa de partidos
Entrevista: Santiago Carrillo y Leire Pajín. Cruce de caminos
Testimonio: José Luis Guerra (Viudo de Karmele Solaguren y padre de Ekain Guerra) «Por muchos muertos que deje la dispersión en la carretera, nunca dejaremos solos a nuestros hijos»
Opinión: Joan Puig, Juan Carlos Balbás, Mikel Córdoba, Mikel Basabe y Tasio Erkizia
Reportaje: La madeja del concierto económico Nuestro tema: Sueños que pueden hacerse realidad Desde la ventana: "La cita de los viernes" de D.M. Indart Internacional: Mujeres del mundo en pie de paz La foto: Manifestación en Madrid
|
|
Desde la ventana: "La cita de los viernes" de D.M. Indart
Escritor
Cuando Rosa vio a María en aquella concentración de todos los viernes pensó que era la primera vez que esa mujer acudía a la cita. Nunca antes la había visto. Además, en aquella maldita reunión callejera que desde hace años se repetía semana a semana, cada vez era menor la cantidad de madres –sobre todo eran ellas las que se reunían–, de padres –en número siempre inferior– y amigos que a eso del anochecer se juntaban en la Plaza de los Fueros de la ciudad para exigir el acercamientos de sus hijos y amigos a las prisiones de cerca de casa. Había llegado un momento en que todos se conocían entre sí, en donde ni tan siquiera era necesario pasar lista para saber quién no había podido acudir ese día, fuere por lo que fuese. Los huecos que dejaban saltaban a la vista, tanto como la sombra sin desgastar de un marco que a los años se descuelga de una pared amarillenta por el humo del tabaco. Es por eso que Rosa no dudó a la hora de concluir que María era una recién llegada y maldijo la suerte de una madre más que se apuntaba al grupo, aún cuando de aquí en adelante contaran con otras dos manos para sostener esa pancarta de plástico que tan pesada resultaba, pese a contar con dos kilos de peso real, justo enfrente de una de las paradas de autobús más concurridas del centro.
El hijo de Rosa, con éste, llevaba once años en prisión. Con él había aprendido de geografía. Quiérese decir que con las visitas a la cárcel que había hecho para hablar no más de media hora con su hijo, Rosa hoy sabía que Zuera y Daroca estaban en Zaragoza, que Soto del Real era un pueblo de las afueras de Madrid, que la prisión de Murcia estaba en una localidad llamada Sangonera la Verde –que no deja de ser un nombre hermoso, dicho sea de paso– o que Herrera de la Mancha se situaba en Ciudad Real. Para ella, así como para el resto de familiares que peregrinaban de cárcel a cárcel a fin de charlar a través de un cristal mugriento con uno de sus hijos en cautiverio, la península Ibérica no dejaba de ser más que un rosario donde las prisiones eran sus cuentas, siempre y cuando no extendieran la vista en dirección a Paris. Allí aguardaban los muros de La Sante, Fleury o Fresnes, y sólo por citar tres.
El caso es que a Rosa le parecía saber mucho de María. Eran de una edad parecida. Ambas rondaban los seis lustros, año arriba, año abajo. Puede que compartieran el destino de un marido prejubilado de los Altos Hornos de Vizcaya. A lo mejor era camionero. Tal vez trabajase en un taller mecánico. O en la ventanilla de una caja de ahorros. Daba lo mismo. Sin embargo, Rosa estaba casi segura de que las dos preferían las peluquerías de barrio regentadas por viejas peluqueras que casi llegan a camuflarse entre los aparatos de secado y sprays de laca, de esos centros de belleza que a lo sumo ofertan servicio de manicura y que cuentan con una preferencial clientela de señoras mayores de una incipiente calvicie, pese a lo cual no cesan en el empeño de ahuecar los pocos hilos de cabello que aún se empeñan en florecer en las cabezas de estas mujeres siempre preocupadas más por el hoy que por el mañana. De hecho, igual que ella misma, María lucía una permanente recién estrenada. Los cabellos también se le rizaban a la altura de la coronilla. El tinte de un rubio tímido disimulaba sus canas que sobre todo crecían en las sienes, aunque en el caso de María, dos perlas blancas colgaban por cada una de sus orejas. Rosa no acostumbraba a llevar pendientes. Era alérgica a cualquier tipo de bisutería. Sólo se adornaba con los aros de oro los domingos, o cuando iba a ver a su hijo. Todavía distinguía la importancia de las grandes ocasiones así como las ropas de domingo o entresemana. En fin, que no era lo mismo un martes y día de fiesta de las de guardar. Todos estos son sólo detalles que Rosa atrapó de ese primer vistazo a una persona que aún no conocía.
Se dio cuenta de que María no sabía a donde mirar. Mejor sea dicho, que por no mirar de frente hacia el apeadero del bus urbano –Rosa sabía que María temía que algún conocido le viera allí, pues algo semejante le sucedió a ella aquella primera vez que acudió a la concentración de aquel viernes de estreno–, zozobraba la cabeza de un lado a otro, sin tiempo a fijar la mirada en ninguna parte, como si percatarse de algo esa vez fuera algo en vano. Eso sí, igual que Rosa, con sus manos María también agarraba un mástil de madera en cuyo vértice una placa de chapacumem llevaba impresa una fotografía con el rostro de su hijo en blanco y negro. Y es que en esto consistía la ceremonia, en sacar a paseo las caras de sus hijos que tanto se parecían entre ellos. En mostrar el calor de una madre, sin tener en cuenta las presuntas culpas de su hijo.
Sobre su hijo, hace ya once años, Rosa escuchó en uno de los telediarios del mediodía que era responsable de cuatro asesinatos. Tres guardia civiles. Y un policía nacional. Casi se le cae el alma al suelo. No es cierto. Se le cayó e incluso sintió que sobre la baldosa de la cocina algo se le rompía en más de mil pedazos. No podía ser. No se lo podía creer.
Durante aquellos primeros tres meses en los que semana a semana Rosa se desplazó hasta Soto del Real –éste fue el primer destino de su hijo, aunque durante todos estos años haya pasado por Zuera, Daroca, Sangonera la Verde y Herrera de la Mancha–, no dejaba de preguntarse si aquella noticia era verdad o si era algo que habían inventado por el simple hecho de tener que culpar a alguien. Sin embargo, con él delante, durante todas aquellas primeras visitas del comienzo, sólo le preguntaba que qué tal estaba –semana a semana le veía más demacrado– que si comía –no dejaba de adelgazar–, que si dormía –las ojeras se le oscurecían a marchas forzadas–, que cómo se portaban los funcionarios –un día le dijo que no le dejaban dormir–, que si tenia amigos –en la calle siempre los había tenido–, que cuánto de largas eran las horas dentro de cuatro paredes –a ella se le hacían eternas. En definitiva, cosas de una madre. Hasta que hubo un día que no pudo más y encontró las fuerzas para preguntarle lo que tanto le carcomía por dentro: Hijo mío, ¿has matado a alguien? Pero él no le contestó. Nada. Nunca.
Rosa pensaba entonces que pudiera ser que a María le ocurriera algo parecido, ella que aún seguía recogiendo los añicos de su alma. Era cuestión de sangre. De una misma sangre en las venas de otro hijo.
|