Buscador:

Boletín Elkarri
Alta Baja












Revista Elkarri nº 117    [01/07/2005]

Editorial: La mesa de partidos
Entrevista: Santiago Carrillo y Leire Pajín. Cruce de caminos
Testimonio: José Luis Guerra (Viudo de Karmele Solaguren y padre de Ekain Guerra) «Por muchos muertos que deje la dispersión en la carretera, nunca dejaremos solos a nuestros hijos»
Opinión: Joan Puig, Juan Carlos Balbás, Mikel Córdoba, Mikel Basabe y Tasio Erkizia
Reportaje: La madeja del concierto económico
Nuestro tema: Sueños que pueden hacerse realidad
Desde la ventana: "La cita de los viernes" de D.M. Indart
Internacional: Mujeres del mundo en pie de paz
La foto: Manifestación en Madrid



Internacional: Mujeres del mundo en pie de paz
La resolución 1325 de las Naciones Unidas «reafirma el importante papel que desempeñan las mujeres en la prevención y la resolución de los conflictos y en la consolidación de la paz, al mismo tiempo que apuesta por aumentar su participación en los proyectos de toma de decisiones en materia de prevención y solución de conflictos». Los pasados días 20 y 21 de mayo, bajo el epígrafe «Las mediaciones femeninas. Una práctica de paz», la Casa de la Convalecencia de Barcelona se convirtió en el punto de encuentro internacional para algunas de las mujeres más involucradas en esta tarea. Susana Koska, directora del documental «Mujeres en pie de guerra», nos sirve de guía en este extraordinario club de la paz.


He aprendido en estos años que las mujeres somos capaces de todo, somos revolucionarias y somos insobornables en nuestras creencias y una vez hemos dicho «hasta aquí hemos llegado» es difícil pararnos. Mi calidad de corresponsal en este congreso no es ortodoxa. Me une a ellas el interés personal por el quehacer de las mujeres, sus comportamientos y actitudes para alcanzar una paz que los hombres no han conseguido nunca por sí solos. No soy una cronista, sino observadora y quizás lo que me llama la atención se aleja del periodismo, pero en calidad de observadora me senté a escuchar a estas mujeres valientes que hoy traen propuestas pacíficas a un mundo en conflicto.

Es un placer reunirse con las mujeres del mundo para hablar de la paz. Escuchar a mujeres que han venido desde países distintos, para compartir logros y necesidades, ver qué lugar ocupamos las mujeres en los conflictos y más aún, el lugar que exigimos para mejorar la vida y la sociedad. El trabajo de estas mujeres se realiza desde distintas asociaciones, partidos, instituciones internacionales o movimientos pacifistas. Todas ellas representantes de sus países en negociaciones de paz y todas ellas con propuestas específicamente feministas que trabajan por incluir las necesidades y los intereses de las mujeres en la solución de los conflictos armados.

Durante los dos días que duraron las jornadas se hizo hincapié en las necesidades y urgencias sociales, en la justicia de género y la violencia contra las mujeres que generan y exacerban las guerras. Todas ellas coincidieron en la necesidad de dar voz oficial a las mujeres en los conflictos, no como víctimas de abusos y desplazamientos forzados sino como mediadoras de la paz, reafirmando su papel en la sociedad y la incorporación de otras voces en las mesas de negociación.

La experiencia de estas mujeres es esclarecedora; las mujeres reorganizan, mantienen la paz social y trabajan en las comunidades en guerra para las soluciones negociadas. Más aún, preparan el terreno para la reconversión de estas sociedades dañadas ética y moralmente por las guerras.

«No hay paz sin cambio social» escuchamos en la ponencia de apertura de las jornadas de boca de Carmen de la Cruz, representante de UNIFEM (Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer) Y desde la primera línea de fuego, escuchamos a Maha Majeed Aziz Al Samawi investigadora del Shabaad Centre for Women Freedom en Irak hablarnos de la realidad de las mujeres en un país que vive una guerra interminable desde hace décadas, acuciadas por la dictadura de Sadamm Husseim que les impuso el divorcio étnico y la deportación, que las fusiló en calidad de prostitutas siendo opositoras, que les impidió estudiar en el extranjero sin el permiso de los maridos o sin la compañía de un tutor. Nos habló de la salud mental de las mujeres iraquíes que de guerra en guerra han visto sus derechos destruidos una y otra vez, aumentando peligrosamente las enfermedades de origen psíquico y físico como la anemia. El bloqueo que ha sufrido la población durante todos estos años les ha privado de lo esencial y todavía hoy, en guerra desde marzo del 2003, sufren de manera cotidiana bajo las bombas.

Desde otra guerra nos habló Amena Shams de RAWA (Revolutionary Assotiation of the women of Afganistán) organización política e independiente de mujeres afganas con una larga historia de valor y coraje en lucha contra el fundamentalismo. Libre del burka, su rostro pálido y tímido nos habló con pasión de su no vida, de la crueldad extrema de los talibanes primero y de los fundamentalistas apoyados por el Gobierno de los Estados Unidos hoy, que siguen vulnerando los derechos fundamentales de la sociedad y particularmente de las mujeres y niños. De la alta cota de suicidio femenino, de las lapidaciones que continúan hoy siendo normales en las plazas públicas. Nos pidió con urgencia ayuda externa para organizar escuelas, para seguir educando a las niñas que han sido apartadas de la educación, ayuda para presentarse como partido a las elecciones y dar así voz a la mujer en un país devastado y olvidado.

«Trabajamos por la tramitación negociada de los conflictos armados y por la visualización de los efectos de la guerra en el cuerpo y la vida de las mujeres. Nos declaramos pacifistas, antimilitaristas y constructoras de una ética de la no violencia donde la justicia, la paz y la equidad son fundamentales. Deconstruimos los símbolos que refuerzan la guerra, la exclusión, el exterminio. Proponemos nuevos símbolos, prácticas sociales y políticas. Justicia de género y reparación social». Ésta podría ser la máxima que resume lo que dijeron todas las voces, desde Sri Lanka al desierto del Sáhara, desde Colombia hasta los Balcanes.

Thandi Modise miembro de la Ejecutiva de Mujeres del Congreso Nacional de África, nos dio una mirada complementaria pero diferente: «las mujeres se convierten en mediadoras porque no les queda más remedio». «A veces –dice– no hay tiempo para el diálogo». Cuando en una sociedad acuciada por el hambre, la guerra y el sida priman la inmediatez y el pragmatismo, «la resolución 1325 es poco defendible en un poblado de Ruanda», manifiesta con cierta ironía.

Las voces de las mujeres en Europa estuvieron presentes a través de la Red Internacional de Mujeres de Negro. Stasa Zajovich desde Belgrado y Jadranka Milicevic desde Bosnia nos trajeron las voces de la posguerra en los Balcanes, un polvorín que parece a punto de estallar nuevamente. Si la posguerra desde Bosnia se ve con mejoras para la sociedad y para su recuperación, Belgrado vive aún sumergida en un nacionalismo feroz. La violencia como enfermedad de la sociedad que ve como los crímenes de guerra quedan impunes, donde la paz de Dayton fue solo un alto al fuego. Esa violencia social se exacerba contra las mujeres, la violencia doméstica se ha incrementado preocupantemente aunque Stasa lanza un mensaje de lucha desde una clarísima perspectiva de género.

Irlanda del Norte tuvo su espacio y fue representada por Anny Campell activista feminista y sindicalista que participó en las negociaciones que llevaron a buen término las conversaciones de Viernes Santo. Desde la comunidad protestante lucha por buscar una nueva identidad, creando foros en ambos bandos. En el mismo tono habló Mary McCann, católica y perteneciente a Building Brigdes que hizo hincapié en los efectos del activismo político en Irlanda y de la actividad hacia el entendimiento con las mujeres unionistas. Por muy extraño que pueda parecer, sus realidades no eran muy diferentes: mantenerse en la línea de frente mientras los hombres estaban en la clandestinidad o en la cárcel. La reeducación en valores compartidos de las dos comunidades es esencial y desde las organizaciones feministas se forma a las mujeres para convertirlas en negociadoras entre las dos comunidades. Se trata de romper las barreras que les han separado, en momentos que los procesos de paz estaban congelados, creando modelos de buenas prácticas para una sociedad que tiene que escucharse para conseguir la paz.

Hubiera sido un placer hablar con todas y cada una de ellas y conocer individualmente sus propuestas y conclusiones tras dos días de ponencias, de compartir emociones, experiencias y denuncias. Pero fue con Mónica Valencia, de la Ruta Pacifica de Colombia, con quien tuve una conversación más intensa y más particular.

Mónica Liliana y la ruta pacífica de las mujeres

El 20 de noviembre de 1996 desde la Plaza de las Banderas de Medellín salió una caravana de mujeres dispuestas a atravesar un país en guerra para abrazar a las mujeres de Urabá, donde según alertan informes elaborados por organismos internacionales para la defensa de los Derechos Humanos, más del 98% de la población femenina ha sido violada. Así fue cómo comenzó a caminar la Ruta Pacífica de las Mujeres, aglutinando en su seno reivindicación y denuncia. Hoy en día, la Ruta Pacífica esta integrada por 3.000 mujeres de diferentes regiones del país, articuladas en 350 organizaciones que desde el año 2004 forman parte de la Red Internacional de Mujeres de Negro.

Colombia es un país que desde hace 40 años vive inmerso en la guerra, donde distintos grupos armados pujan y luchan por la tierra, como las FARC que se consolidó en 1960, el ELN en 1966, el ELP en 1967, el M19 en 1973 o las Autodefensas, creadas en los años 80 por los grandes propietarios y los intereses gubernamentales defendidos por los paramilitares. Todo ellos luchan por la gestión y contra la gestión del narcotráfico. En consecuencia, se masacra a población o simplemente se la desplaza a otros lugares después de expropiar sus territorios. Así, La estrategia geopolítica de estos territorios, la complicidad del Gobierno de los Estados Unidos han sumido al país y sus gentes en el miedo y la violencia. Éste es el escenario político que se vive en Colombia y Mónica nos habla del detonante de esta marcha en 1995. Ella lo tiene claro: «Nosotras sabíamos que la guerra aumenta la violencia contra las mujeres. Pero fue en Urabá, en el norte de Colombia, territorio que ofrece una riquísima biodiversidad, con abundantes comunidades indígenas y comunidades afrodescendientes, donde se prenden las alarmas. Desde el departamento de Medellín nos llegó la noticia de que al menos una vez el 95% de la población femenina había sido violada por un actor armado».

«Lo decimos así –nos explica con vehemencia– porque investigando nos hemos dado cuenta que en muchos lugares primero son violadas por el ejército, luego por la guerrilla y luego por los paramilitares. Ante el conocimiento de estos datos, nosotras que nos encuadramos en organizaciones feministas y sindicalistas nos preguntamos: pero, ¿qué está pasando contra las mujeres? ¿Cómo afecta la violencia en Colombia a las mujeres?».

Y es que esta violencia ejercida en contra de las mujeres tiene distintas caras de horror: «Sabemos cómo se articula esa violencia y es a través de la anticoncepción forzada, el reclutamiento involuntario; a los niños se les recluta para la guerra y a las niñas para la prostitución, para el disfrute de las guerrillas. Eso está ocurriendo en todo el territorio y aunque sería fundamental que se cumplieran las leyes internacionales que protegen a mujeres y a niños en tiempo de conflictos armados, ni el Gobierno colombiano las cumple. Luego están las mujeres, hermanas, amigas e hijas de los distintos actores armados, que son asesinadas por el hecho de ser amigas, hermanas y madres de estos hombres».

De hecho, el cuerpo de las mujeres se utiliza como botín de guerra. En el cuerpo de las mujeres se territorializa la lucha y la violencia por parte de los grupos armados con distintos fines; se degrada la vida y la dignidad de las mujeres. Es un arma de terror que creará secuelas, en las mujeres, en los hijos de estas mujeres, en sus familias y en las propias comunidades donde se mantendrá el terror por generaciones. «Nosotras pedimos una justicia de género y de reparación social. No podemos imaginar el daño social y psicológico que perdurará en generaciones. Hoy se puede hablar de feminicidio en Colombia porque no solo son asesinadas, sino que son violadas y torturadas antes de morir y nunca se dictaminan las causas de estas muertes».

En este sentido, visualizar las consecuencias de la guerra y la violencia en la vida y el cuerpo de las mujeres y ponerlas en el escenario público es uno de los trabajos internos de la Ruta Pacífica. Para Mónica Liliana, «es necesario recuperar la memoria colectiva, para frenar el horror y desvelar la impunidad, construyendo caminos que pongan límites a la violencia».

Por todo ello, Mónica propone una ética de la no violencia para reconstruir lazos amorosos, asumir la responsabilidad como ciudadanas y ciudadanos con el objetivo de lograr una sociedad que sea capaz de tramitar sus conflictos de forma negociada. Y así garantizar la reparación moral, social, individual y colectiva de las mujeres afectadas por la guerra y las violencias generadas por los distintos actores armados y el Estado. «Sólo el reconocimiento y esclarecimiento de los hechos y los responsables, una justicia no vengativa».

El Plan Colombia

Hablar de este país del continente suramericano es hablar del Plan Colombia. Tal y como nos explica Mónica Liliana, «en el 2000 nace una política de cooperación y política antidroga, lo que se conoce como el plan Colombia. Estados Unidos ofrece dinero y ayuda militar para atacar las zonas de mayor producción de hoja de coca. Esa política se enfoca hacía el sur del país, donde están las fronteras de Ecuador, Perú y Brasil, donde están las más grandes extensiones de cultivos de coca, de marihuana y de amapola. Inicialmente se erradican estos cultivos pero en el norte del país, controlado por los paramilitares, se incrementan otros. Es un asunto de mercado».

En este sentido, Mónica nos explica que los campesinos están dispuestos a dejar de cultivar, «aunque hay que entender que en muchos territorios la coca es un producto nativo y ancestral». Pero, desde luego, subraya que se necesita una política distinta porque las fumigaciones arrasan indiscriminadamente con todo lo que se cultiva, sea o no hoja de coca. «Las fumigaciones son aéreas, desde avionetas que sueltan un elemento químico devastador: el glucosato. Sus consecuencias son directas sobre los animales, plantas, cultivos, aguas, la piel de las personas que viven en las zonas fumigadas. Donde cae ese agente no se puede volver a cultivar, la tierra se quema».

Pese a todo, todas estas mujeres colombianas que trabajan en la Ruta Pacífica nunca han desistido. «Nuestro trabajo político, simbólico y discursivo ha ido calando en Colombia. Ha habido otros intentos de negociación, sobre todo con la guerrilla, que no han salido bien. Nuestra insistencia ha abierto un camino. El pacifismo ha sido un tema clave porque nos ha permitido alianzas con otras gentes. En nuestras movilizaciones no ha habido ningún acto de violencia, aunque está claro que siempre están dispuestos a desconvocarnos», dice con una sonrisa triste.

Durante la preparación de la primera movilización recuerda que les acusaban de estar locas, «pero hoy nos lo siguen diciendo y es que atravesar un país en guerra y los frentes de los distintos grupos armados no es fácil». «Nuestra necesidad es que cada mujer que viene sea multiplicadora a favor de la paz, que cada día seamos más con capacidad para cambiar nuestras vidas».

Al escuchar las conclusiones del congreso donde tantas voces distintas adoptan un lenguaje común, el de la no violencia y la negociación, el de la reparación moral y la exigencia de la incorporación femenina en las negociaciones de paz, una no deja de pensar en una ausencia: la de las mujeres vascas. Me hubiera gustado escucharlas, escucharnos. Me pregunto camino a casa si estas conversaciones, este debate no sería también una buena propuesta para nosotros. Escucharnos y establecer una nueva ética para una sociedad cansada de conflicto que necesita la paz para quitarse los años que nos han impedido vivir y crecer en una democracia y una sociedad libre y justa.







info@elkarri.org