Editorial: Problemas y alternativas
Entrevista: Oskar Matute y Aintzane Ezenarro. Corrientes que confluyen
Testimonio: Manuel Díaz de Rábago (Presidente de la Sala de lo Social del Tribunal Superior del País Vasco): «Los jueces no debemos entrar a favorecer o entorpecer un momento político»
Opinión: Begoña Cortina, Rebecca Tarabrella, Ruth Soria, Pedro Casas e Iñigo Lamarca
Reportaje: El consenso puede partir desde el mundo del euskera Nuestro tema: Las dos orillas Desde la ventana: "Uniformea blai" de D. M. Indart Internacional: Lágrimas de Argentina La foto: Gerry Adams
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Internacional: Lágrimas de Argentina
Un mes por la Argentina sólo da para un tímido bronceado con las penas, ilusiones, anhelos e inquietudes de las gentes del lugar, más si tenemos en cuenta que allá ahora es invierno. Consciente de ello, no pretendo sentar cátedra con la superficie de este puñado de impresiones que desde ese pedazo del cono sur también guardé en el equipaje de vuelta, junto con un par de cajas de alfajores y un frasco de dulce de leche. Insisto, sólo cargo a mis espaldas el legado de treinta días que resumo en este titular: Las lágrimas de Argentina.
Fue Evita quien un día pidió a Argentina que no llorara más por ella. Lo quiso tal cual, asomada al balcón de la Casa Rosa de la Plaza de Mayo, con su cabellera rubia recogida en un perfecto moño de abuela castiza, ante un público que con los años llegó a quererla como a una deidad en la Tierra, al estilo de las grandes estrellas del celuloide. Ella también murió joven, sin llegar a los 40, igual que James Dean o Marilyn Monroe, a consecuencia de un cáncer que se le enredó como un rosal a la altura de la matriz. Y una muerte prematura es lo que tiene: la eterna juventud en el formol del recuerdo. Ella tenía sólo 33 años, la misma edad que Cristo clavado en la cruz.
Sin embargo, los argentinos desoyeron sus palabras. Lo siguen haciendo. Lloraban desde mucho antes, lo hacían entonces, lo hicieron –y mucho– durante la dictadura militar de Videla, y todavía hoy se empeñan en derramar sus lágrimas, en esa misma Argentina donde se dice que termina el mundo, empeñada desde siempre en ser Europa o, por lo menos, en parecerse a ella, aunque lo haga patas arriba, o cabeza abajo, según se mire, como se prefiera. Pues esta tierra nunca ha dejado de mirarse en el espejo del viejo continente. De hecho, pudiera ser que una parte de Argentina padece el síndrome de una coquetería adolescente sempiterna que les obliga a mirarse una y otra vez en los escaparates de las calles que reconocen distorsionados, para percatarse con desdicha de todas sus arrugas, para percibir unos descoloridos párpados, la penumbra del acné, un arquear de cejas cansado, hasta terminar forzando esa sonrisa de pose a primera hora de la mañana.
Ahora bien, como en tantos otros países latinoamericanos, también en Argentina el reparto de la riqueza sólo llena de monedas las arcas de unos pocos. En concreto, no más de un diez por ciento. Además, desde la última crisis económica del anterior gobierno de Carlos Menem –dirigió el país desde 1989 a 1999– son cada vez más lo que apenas retienen calderillla en sus agujereados bolsillos. Los que entonces algo tenían siguen maldiciendo aquel corralito que hizo esfumar los ahorros de años de esfuerzo. Y los que no tuvieron nada, pues eso, no cuentan nada nuevo. O lo que es lo mismo: el hambre de siempre que queda sin respuesta, como si ser pobre fuera para algunas personas su endémico destino.
Así, con la perspectiva que da el paso del tiempo, la Argentina cuasi europea de la década de los noventa con una clase media más o menos importante parece ser hoy, con el mandatario Néstor Kirchner, una virtualidad del pasado con fotos y retratos en blanco y negro. Durante el periodo vacacional desde donde emerge todo este cúmulo de impresiones, no encontramos a nadie que hablara bien del presidente Menem, exiliado ahora en Chile, forrado de dólares hasta los huesos. Ningún taxista –los cuales nos confirmaron su fama de grandes dicharacheros–, ningún camarero, ningún estudiante, nadie con los que pudimos compartir una conversación de turismo inquieto dijo nada positivo de él. Al unísono, todos manifestaron que era un ladrón. Un redomado delincuente. Un hijo de la gran… Aunque hablaran del mismo hombre que fuera capaz de revalidar su mandato en tres convocatorias presidenciales con los votos de miles de argentinos. En fin. Que ellos en concreto –el taxista, el estudiante, el camarero…–, nunca le votaron, que siempre le vieron las orejas al lobo. Por eso, insistían en que Menem lo vendió todo y que hoy por hoy ni tan siquiera el aire que respiran les pertenece. Que todo es de capital extranjero: las minas de piedras preciosas, los pozos de petróleo de Córdoba, las miles de hectáreas de campo de La Pampa, Correos, Aereolineas Argentinas… Y ninguna de estas personas podía entender la pobreza de Argentina, cuando de norte a sur y de este a oeste por sus tierras convergen desde el clima tropical de las cataratas de Iguazú al paisaje polar de Usuahia, además del mucho oro que su suelo atesora en las entrañas, muy al fondo. En Argentina la tierra es muy generosa, decían. Pero Menem lo vendió todo; volvían a insistir, mirando otra vez hacia una Europa idealizada hasta el extremo, donde tampoco es oro todo lo que reluce. Ni de lejos.
Mirando hacia Europa
No obstante, los que un día pudieron visitar París, Londres o Roma, ahora lloran por la morriña de sus raíces. Desde que a principios del siglo pasado miles de emigrantes recalaran en el puerto bonaerense de La Boca y desde allí se desperdigaran a lo ancho y largo del país, una gran cantidad de argentinos presume con orgullo chulesco de un abuelo gallego o italiano. También vascos, claro está. Y para muestra un botón: los Garaicoechea, los Etchart, los Irisarri, los Guevara… todos ellos cuentan con un suntuoso panteón en el cementerio bonaerense de La Recoleta. En muchos de estos templos fúnebres de alabastro, tras las puertas de cristal, se pueden ver los féretros de los difuntos. El lujo es insultante. Pero, como no podía ser de otro modo, los tiempos de la Europa en forma de souvenir corresponden a la época de Menem cuando el cambio de un peso argentino equivalía a un dólar americano. Era una pugna de igual a igual que a la postre terminó saltando por los aires. Sin embargo, mientras duró la desdicha, la clase media argentina disfrutó con la coralidad de las meninas de Velázquez en El Prado, con las perfecta proporción de David de Miguel Ángel en Florencia. Y no sólo eso. También pudieron visitar a sus ancestros en alguna de las aldeas gallegas de muchos viejos, cuyos hijos huyeron de la guerra civil y la posterior represión franquista después de recoger sus bártulos y cruzar el Atlántico rumbo al río de La Plata llevando poco más que lo puesto, además de un pedazo de pueblo guardado en lo más hondo del corazón.
Sí. Caminar por algunas de las grandes calles comerciales del centro de Buenos Aires es semejante a transcurrir por la gran manzana de New York. La 9 de Julio –con sus más de 120 metros, la avenida más ancha del mundo– bien pudiera ser la Gran Vía madrileña, aunque no sería de recibo dejar de citar aquí lo que los anuncios de neón ocultan bajo su publicidad de mentira. Cuando los comercios cierran, cientos y cientos de cartoneros toman las calles para vaciar las papeleras y contenedores de basura, como si fueran hormigas. Transportando carros a ruedas de supermercado, se afanan en recoger cartones y papeles, es decir, todo lo que pueda tener algo de valor, para venderlo por una miseria a las fábricas de papel y reciclado. Incluso, con lo que encuentran en los escombros, muchas de estas personas –familias enteras, hay que decirlo– cenan un menú a todas luces putrefacto. También en Argentina, ésta es la dieta de los sin suerte. Y esto es lo que sucede en el centro de la urbe donde todavía hay algunas barriadas que carecen de agua potable y luz. Estos barrios de marginalidad común a tantas y tantas grandes ciudades se conocen en esta parte del hemisferio como villas y en ellas se apilan miles de personas que desde el campo un día llegaron a la capital con el deseo de una vida mejor. Más sueños de cristal que se rompen en pedazos infinitos. En concreto, un barrio de estos –la villa 31– emerge muy cerca de la estación de autobuses del Retiro desde donde se entrelazan las venas por carretera hacia todos los rincones del país con jornadas de viaje de muchas horas, hasta 24, si es que se quiere llegar a las tierras norteñas de Tucuman, o si lo que se pretende es arribar en los glaciares del sur. Hace unos cinco años que el ferrocarril amputó sus vías ya que su rastro no resultaba rentable en un tierra de dimensiones tales, también por culpa de Menem, según insisten. El caso es que, cuando cae la noche a eso de las seis de la tarde, en la villa 31 no se encienden los televisores. ¿Dónde enchufarlos? Todo permanece a oscuras. Sólo se distinguen siluetas sin brillo que caminan calle arriba, calle abajo. Como a los gatos, en la distancia corta lo que más les brilla es el blanco del ojo. Y es un blanco que araña. En la villa 31 vive tanta gente que la alcaldía de la ciudad de Buenos Aires no sabe cómo desplazarlos ya que, según nos comentara otro taxista, una superficie tan céntrica es un diamante en bruto de la especulación. Como si matando al perro se terminara con la rabia. En fin.
Las madres de la Plaza de Mayo
Pero si alguien sigue llorando en la Argentina de nuestros días, ellas son las madres de la Plaza de Mayo que con los pañuelos blancos cubriendo sus cabezas acostumbran a concentrarse todos los jueves a eso de las tres y media de la tarde, llueva o no, haga frío o calor, alrededor de un pequeño obelisco de mármol que se levanta en la mitad de la archiconocida plazoleta. El de ellas es un llanto que grita sin ruido, que nace de la herida que supura el dolor más grande del mundo, o lo que es lo mismo, la tragedia de una madre que ante la desaparición de su hijo ralentiza su propia muerte, desde la negación al olvido, en favor de la memoria, el recuerdo y la justicia a los casi 30.000 desaparecidos de los años del llamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) cuyo gobierno estaba formado por la junta militar que impulsó la persecución y el secuestro por motivos políticos.
Por lo general, se detenía a los perseguidos en la misma calle o en sus casas y lugares de trabajo. Una vez en manos de los militares, eran trasladados a un centro clandestino de detención –se estima que en todo el país funcionaron 340– donde eran golpeados y torturados, en muchos casos hasta el no retorno de la muerte. Después, en avión, atados con alambres en pies y manos, y bajo el efecto de las drogas, se les arrojaba al Río de la Plata o al mar. Si bien las detenciones las llevaba a cabo el ejército y la policía, no daban ningún dato sobre su paradero a los familiares. De hecho, fue el general Jorge Rafael Videla, presidente de facto del 76 al 81 –eufemismo de dictador– quien acuñó durante una entrevista el término de «desaparecido» cuando declaró esto de que «el paradero de todas estas personas es una incógnita, no están ni vivos ni muertos… están desaparecidos». Y el malnacido se quedó tan ancho.
Hoy es el día que muchos familiares siguen sin saber qué fue de ellos y grupos como Madres de la Plaza de Mayos han cogido el testigo de la lucha de sus hijos. No sólo eso. Algunas que ya son abuelas, se dedican a buscar a sus nietos, los hijos de los desaparecidos que fueron robados y criados por otras familias, en muchos casos por los mismos militares que torturaban y asesinaban a sus hijos. Por eso, todavía hoy, durante media hora, dan vueltas en círculo, en el mismo sentido que lo hacen las agujas del reloj. Todas están muy mayores. Viejas. De pelo blanco. Con ceño fruncido. Caminan despacio, como tortugas cansadas. Sin embargo, transmiten fuerza. Emocionan mucho. Tanto es así que las hormigas se te acunan en el estómago. Como la misma Evita, también sus hijos e hijas murieron jóvenes. Mejor dicho, les desaparecieron, ya ha quedado claro.
Sin embargo, recientemente, las Madres de la Plaza de Mayo han podido comprobar que su lucha vale la pena ya que el pasado 16 de junio la Corte de Justicia anuló las leyes de «Punto Final» y «Obediencia Debida», ambas «leyes del perdón» que impedían el procesamiento de quienes ejercieron la represión durante la dictadura militar. Estas dos normas, dictadas en la década de los años 80, libraron de responsabilidad a más de un millar de militares y policías implicados en delitos de lesa humanidad y violaciones de los derechos humanos perpetrados durante la dictadura. Por eso, ahora, las abuelas, las madres, los hijos… vuelven a estar impacientes. «Veremos lo que ocurre, no queremos hacernos muchas ilusiones», dicen. Es por eso que las dejamos caminando, paso a paso. «Con su muerte, nuestros hijos nos parieron y aquí nos quedamos, siguiendo la lucha que ellos comenzaron». Resguardadas en sus pañuelos blancos, como tímidas nubes.
La más indígena
Pero este país que disfraza sus penas bajo las melodías del tango esconde en su seno muchas Argentinas. Al norte, estrechando su mano con Bolivia, están las regiones de Salta y Jujuy. Más indígenas, y por lo tanto, mucho más pobres. Por allí, todavía hoy muchas aldeas no cuentan ni con escuelas ni centros de salud y los campesinos a duras penas persisten con lo cosechado en pequeñas parcelas de tierra que sus patronos latifundistas les dan a cambio de jornadas de trabajo que se extienden de sol a sol. Y Salta no es como Europa, ni de lejos. Sin embargo, acuciada por la pobreza, los lugares resisten y hace mucho que se han organizado para reivindicar sus derechos. Lo pudimos ver en una manifestación en Tilcara cuando unas centenas de hombres y mujeres marcharon en pro de la salud y la educación públicas. De piel morena, con rasgos indios, cantaban esto de que «dicen que somos gente tranquila, pero hasta que nos levantamos». La marcha la dirigía un sacerdote, parecía europeo, que también invitó a los turistas a que nos sumáramos con los del pueblo. Y lo hicimos, al arrimo de todos esos hombres y mujeres que cantan a la luna y susurran al sol. Para desde allá regresar con el recuerdo de todos ellos en la mochila de lo vivido durante un mes de vacaciones. Pero lo dicho, todas estas impresiones son eso, polaroids de viaje desde una tierra que llora. Está claro: Evita, los argentinos no te han hecho ni caso.
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