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Nuestro tema: Notas para un debate necesario sobre el Estatut
La aprobación de una nueva propuesta de Estatut por parte del noventa por ciento de miembros del Parlament de Catalunya ha desatado un encendido debate sobre su encaje constitucional y sobre las eventuales modificaciones que deberían introducirse durante su tramitación en el Congreso de los Diputados.
En realidad, la mayoría de defectos jurídicos achacados al nuevo texto no puede deslindarse de la previa decisión política de rechazar una interpretación abierta y flexible de la Constitución española y de la legislación orgánica estatal.
Contemplada con buena fe, sin embargo, el núcleo de la reforma propuesta no hace sino recoger las tesis que, a lo largo de más de 25 años, han señalado la necesidad de limitar los excesos intervencionistas por parte del legislador estatal y de defender una interpretación más respetuosa con las demandas de autogobierno y de adecuación de aspectos simbólicos e identitarios por parte de las diferentes Comunidades Autonómas.
Desde esta perspectiva, y sobre todo tras el filtro introducido por el Consell Consultiu y por las posteriores enmiendas al texto original, es difícil identificar cuestiones que puedan situarse, sin más, fuera del ámbito de lo constitucionalmente admisible. Contra lo sostenido por sus detractores más cerriles, nada en la propuesta del Parlament de Catalunya sugiere que se esté ante un texto que pretenda «reformar veladamente la Constitución» o apartarse de lo sostenido por una parte importante de la doctrina y de los votos mayoritarios y particulares emitidos por diferentes magistrados del Tribunal Constitucional.
Concepto de nación
Para comenzar, la autodefinición de Catalunya como «nación», que en cierto modo recoge el lenguaje utilizado por el propio preámbulo de la Constitución, no supone sino el ejercicio del derecho, también constitucional, a fijar en los Estatutos «la denominación de la comunidad que mejor se ajuste a su identidad histórica» (artículo 147.2). En el caso de la propuesta del Parlament catalán, esta definición no es incompatible ni excluyente con otras definiciones nacionales, ni presupone el derecho a constituir «un nuevo Estado separado del actual». De hecho, el artículo 1 de la propuesta de reforma del Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana hace referencia al «Reino de Valencia» como denominación histórica de la Comunidad, sin que el uso de esta expresión haya planteado ningún problema respecto al Reino de España.
Algo similar ocurre con las referencias a los derechos históricos. Lejos de tratarse de una mera «invención de la clase política catalana», la propia Constitución los reconoce en relación a los territorios forales y otros Estatutos, como el de Aragón o como la propuesta valenciana, los invocan en su redacción. En ningún caso, por lo tanto, se trata de una expresión en conflicto con la legitimidad de las instituciones democráticas actuales ni pretende convertirse en fuente autónoma de atribución de las competencias.
Respecto a los derechos
En materia de derechos, se ha dicho que el Estatut no puede consagrar privilegios que rompan con la igualdad que debe regir entre todos los españoles. Sin embargo, la idea de autonomía comprende la posibilidad de que el Estatut incorpore derechos y deberes en materias directamente relacionadas con el ejercicio de competencias de la Generalitat.
En el caso de la propuesta del Parlament, buena parte de los derechos civiles, sociales, políticos y culturales reconocidos ya se encontraban contemplados en leyes catalanas. Según quién sea el observador externo pueden resultar insuficientes o excesivos. Pero en ningún caso –ni siquiera en el de los derechos lingüísticos– pueden reputarse discriminatorios o vulneradores de otros derechos fundamentales. La igualdad que protege la Constitución española, como el propio Tribunal Constitucional ha reconocido, es una igualdad en contenidos básicos, que no supone uniformidad ni excluye modulaciones diversas de acuerdo a la propia identidad y vocación de autogobierno.
Sobre el poder judicial
Otro de los elementos que ha generado polémica ha sido la configuración que la propuesta de Estatut realiza del Poder Judicial. También aquí, se ha afirmado, la unidad estatal estaría abiertamente amenazada. Lo cierto, sin embargo, es que, sin perjuicio de las demandas de desconcentración de funciones, ni el Tribunal Superior de Justicia ni el Consell de Justícia de Catalunya se configuran como órganos de la Generalitat. Siguen siendo concebidos como piezas integrantes de un Poder judicial único, regulado por una ley orgánica estatal. Y en ningún caso puede decirse que los reclamos competenciales concretos –del todo corrientes, por otro lado, en cualquier Estado federal– pongan en peligro o supongan un vaciamiento de otros órganos estatales.
Las competencias
En materia de competencias, es verdad, el nuevo Estatut plantea un detallado y en ocasiones exhaustivo listado de las funciones (legislativa, reglamentaria y ejecutiva), materias y sub-materias que corresponderían a la Generalitat. E incluso sugiere en una disposición adicional qué leyes orgánicas estatales deberían modificarse para que esta nueva articulación adquiera plena vigencia.
La técnica utilizada puede calificarse, en cierto modo, de heterodoxa. Pero se explica claramente como respuesta a la lectura reduccionista y desfavorable de las competencias autonómicas que se ha venido consolidando en los últimos 26 años. La Constitución, en efecto, reserva al Estado una serie de competencias, pero deja sin concreción muchos aspectos que admiten interpretaciones diversas, todas ellas constitucionales. En ese sentido, las propuestas de «blindaje» del Estatut son un instrumento opinable pero legítimo de garantizar hacia el futuro un ámbito claro y determinado de competencias autonómicas que incluso permitiría orientar mejor la actuación del Tribunal Constitucional.
Ciertamente, muchas de estas competencias –en materia de inmigración, de puertos y aeropuertos– son hoy de titularidad estatal y están supeditadas, como establece el artículo 150.2 de la Constitución, al dictado de una ley orgánica de transferencia. La aprobación o no de esta ley por parte de las Cortes Generales es una cuestión de voluntad política. Para impulsarla, la mayoría del Parlament ha optado, como ya se ha dicho, por incorporar una cláusula fuera del texto del Estatut que sugiere su aprobación. La opción, sostenida por el propio Consell Consultiu, puede discutirse, pero es inadmisible presentarla como violación flagrante del texto constitucional.
La financiación
Por último, el espinoso tema de la financiación. Lo que está en discusión, en el fondo, es la posibilidad de ir más allá del modelo fijado en la Ley Orgánica de Financiación de las Comunidades Autónomas (LOFCA). La Constitución lo permite, siempre que la mayor autonomía en recaudación, la gestión y la regulación impositiva no obstaculice la libre circulación de mercaderías y la libertad de establecimiento y se combine con mecanismos pactados de solidaridad y compensación de las desigualdades territoriales.
Todos estos elementos se encuentran suficientemente garantizados en la propuesta del Parlament. Podrá discutirse, por ejemplo, si los mecanismos de intervención económica y de solidaridad, para ser transparentes y equitativos, deben ser multilaterales o bilaterales (siendo lógico que el Estatuto de una Comunidad, por su propia naturaleza, incida antes en los últimos que en los primeros). Pero no es de recibo presentar como un privilegio lo que en el fondo es incluso un modelo generalizable a otras comunidades, al ritmo que éstas lo consideraran conveniente y siempre que se existiera voluntad política por parte del Estado central.
En definitiva: el proyecto de Estatut, como cualquier propuesta político-jurídica, es discutible. Desde diferentes posiciones, se ha sostenido que es importante que en las Cortes sus defectos salgan a la luz y sean objeto de corrección. Es posible. Sin embargo, si la democracia es un continuo debate y revisión de decisiones, esos criterios deben aplicarse con más razón a la interpretación de una Constitución –la española– aprobada hace ya más de 25 años en el restrictivo contexto de transición de una dictadura a una monarquía constitucional. Aprovechar el debate sobre la reforma de los Estatutos de Autonomía para discutir las condiciones de una «segunda transición» que permita refundar el Estado sobre bases federalizantes y plurinacionales no es sólo legítimo sino hasta cierto punto inevitable. Sin que nadie, desde elementales presupuestos democráticos, deba rasgarse las vestiduras por ello.
Joan Saura. Conseller de Relaciones Institucionales: «Era muy importante que todo el mundo entendiera que no estábamos jugando un partido de fútbol»
El líder de Iniciativa per Catalunya y Conseller de Relaciones Institucionales Joan Saura ha desempeñado una importante labor negociadora y de mediación en el proceso de acuerdo para la propuesta de un nuevo Estatut. Dejando de lado la polémica que se ha levantado en torno a este proyecto, nosotros hemos querido saber los pormenores del trabajo más discreto.
Elkarri: al margen de toda la polvareda que se ha levantado en torno a la propuesta de nuevo Estatut, su acuerdo en Catalunya ha sido resultado de una gran labor de mediación y negociación entre las distintas fuerzas políticas en la cuales, como Conseller de Relaciones Institucionales, has tenido un gran protagonismo. ¿Cómo lo ves? ¿Estás satisfecho?
Joan Saura: estoy muy cansado, pero muy contento con el texto que se ha consensuado. Todo el proceso ha sido muy complejo ya que además de las fuerzas que conformamos el Gobierno también necesitábamos el apoyo de CiU. Y después de diecinueve meses de negociaciones hemos conseguido el apoyo del 89% de la cámara catalana. Así, este texto da respuesta a los grandes problemas de Catalunya de hoy desde un reforzamiento de su singularidad nacional donde hay una propuesta nueva para las relaciones con el Estado español. De hecho, tenemos que felicitarnos por el trabajo hecho y esperemos que este esfuerzo se valore.
Elkarri: en cualquier proceso de negociación, es muy difícil llegar a acuerdos con alguien que no quiere, que no cede, que no intenta entender al otro. ¿Cuáles son las cualidades necesarias para propiciar un acuerdo entre diferentes?
Joan Saura: lo cierto es que el proceso ha tenido diversos momentos, con muy distintas actitudes y voluntades. Hubo un primer momento en el que a CiU le costaba entrar al debate ya que no veía la necesidad de cambio de un nuevo Estatut. Tal vez porque había estado venticuatro años gobernando y nunca se había plateado su reforma. Le resultó difícil aceptar que esto se pudiera hacer desde un Gobierno de izquierdas. En una segunda fase, los contenidos del texto que se iban elaborando eran políticamente muy potentes desde el punto de vista social y nacional, y también aquí variaron las actitudes de las fuerzas políticas. Fue entonces cuando CiU tuvo difícil decir que «no». Y luego hubo un tercer momento cuando desde el Gobierno central se presionó al Partido Socialista de Catalunya para que se recortara el texto estatutario. Finalmente, en todo caso, todo el mundo fue consciente de que decir que «no» a un buen texto y perder una oportunidad histórica tendría consecuencias electorales para quien lo hiciera. En definitiva, el acuerdo ha sido posible porque todas las fuerzas políticas nos hemos percatado de la importancia de este tiempo político histórico. Tanto es así que hay una sensación colectiva que valora esta capacidad de acuerdo político.
Elkarri: ¿cómo se conjugan los intereses partidistas con el interés general?
Joan Saura: era muy importante que todo el mundo entendiera que no estábamos jugando un partido de fútbol, sino que estábamos definiendo las reglas del partido. Por lo tanto, era importante sustraernos a la dinámica de Gobierno y oposición. Aunque esto no siempre ha sido así y ha habido momentos en los que los intereses partidistas han primado. Han sido momentos muy confusos y hasta la misma sociedad se ha apartado del debate. Sin embargo, todo el mundo asumió la necesidad de poner los intereses de país por delante.
Elkarri: ¿y qué pasa con el PP? ¿Cuál ha sido su disposición?
Joan Saura: el Partido Popular ha tenido tres fases en todo este proceso. Hasta las Elecciones Generales se negó a participar. Después, hasta principios del 2005, participó activamente en todos los trabajos y se incorporó a la ponencia y defendió que la reforma era necesaria. No obstante, a partir de marzo, Rajoy y el Partido Popular hacen del Estatut catalán un elemento de erosión de Rodríguez Zapatero por lo que el PP de Catalunya se queda sin margen de movimiento. Es una pena, más cuando el PP que dirige Piqué durante todo el año pasado había mantenido una actitud muy positiva. Pero en estos momentos la actitud del PP desde el Estado es inadmisible.
Elkarri: ¿hasta qué punto limita el éxito del acuerdo la ausencia del PP?
Joan Saura: para el Partido Popular de Catalunya el coste va a ser grave porque nadie entiende su actitud, y menos aún las difamaciones y mentiras que desde el PP central se están haciendo en contra del Estatut. Es falso que se quiera romper el Estado, que se vaya a discriminar a la gente que habla castellano, que se quiere dejar de hacer solidaridad… Ahora bien, si el Estatut hubiera contado con el sí más o menos parcial del PP, su tramitación en las Cortes hubiera sido mucho más fácil. En todo caso, el problema del PP es que no tiene un modelo de Estado, por mucho que le acuse al PSOE de esto mismo. No se sabe cuál es el modelo de Estado de Rajoy, pese a lo cual no va a poder frenar ni parar la dinámica irreversible de reformas de estatutos. Hay retos nuevos y todas las comunidades autónomas, con todas las diferencias, necesitan reformar sus instrumentos de autogobierno. Hay que exigir a Rajoy que tenga una perspectiva de Estado y que no descienda a los infiernos una confrontación territorial.
Elkarri: al margen de la esfera política, también se ha recabado la opinión de la sociedad, así como de los distintos agentes sociales de Catalunya. ¿Por qué?
Joan Saura: el proceso de participación ha sido innovador, no sólo en el Estado español, también a nivel europeo. Hemos hablado con 400 entidades y más de 100 han hecho aportaciones por escrito, desde ONGs a sindicatos y asociaciones empresariales. La página web ha recibido más de 100.000 visitas de las cuales 12.000 personas han hecho aportaciones. En este sentido, hay cosas que no se hubieran recogido en el texto si no se hubiera dado este nivel de participación.
Elkarri: ¿por ejemplo?
Joan Saura: sólo por citar algo. El capítulo de Derechos Sociales es fruto principalmente de las propuestas de CC.OO. y UGT. Hay redacciones prácticamente literales. Sobre la inmigración, las entidades que trabajan en este campo han insistido mucho para que se recogieran sus reflexiones. En otro ámbito, la Asociación de Sordos de Catalunya planteó que del mismo modo que se reconoce el catalán hablado, también se reconociera el catalán en signos. Y esto también figura. En definitiva, la participación social es necesaria para relacionar la vida cotidiana y los problemas de la gente con el ámbito político. Del mismo modo, esta participación refuerza la negociación del Estatut en Madrid. El Estatut no sólo cuenta con el apoyo de del 89% del Parlament. Además, cuenta con el apoyo de sindicatos, empresarios, asociaciones de mujeres, de emigrantes, consorcios de municipios… lo cual demuestra que el Estatut no es ningún capricho de los políticos.
Elkarri: ¿ha habido algún momento en el que se ha estado tentado de tirar la toalla? ¿Cuándo?
Joan Saura: en Catalunya dicen de mí que he sido el único que todo el rato he sido optimista. Siempre lo fui porque sabía que ningún partido de los cuatro podía justificar un «no» al Estatut tal y como iba recogiendo los distintos contenidos. Sí que hubo momentos más críticos, con una excesiva gesticulación y escenificación de los perfiles partidistas. Aún y todo, no me hicieron temer el acuerdo, si bien se produjo una sensación de pelea y confusión en la sociedad catalana. Especialmente durante los meses de verano. Pese a todo, siempre pensé que llegaríamos a ponernos de acuerdo.
Elkarri: ¿y qué pasará en el Congreso de los Diputados?
Joan Saura: finalmente, y a pesar de todo el clima mediático y las presiones en contra, va a haber un buen Estatut. Deberemos negociar con firmeza e inteligencia. Así, si pienso en lo que puede suceder si no hay Estatut, es entonces cuando más me convenzo en que efectivamente lo habrá. ¿Cuál es el escenario político para Catalunya si se rechaza en Madrid una propuesta que cuenta con el ochenta y nueve por ciento del apoyo de la cámara y que cuenta con el apoyo social y que, además, cuenta con un Gobierno central amigo? ¿Qué hacemos cuando regresemos? La situación política en Catalunya sería absolutamente imprevisible. Además, un rechazo del Estatut catalán sería un fracaso del Presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero.
Elkarri: ¿por qué?
Joan Saura: la reforma del modelo de Estado es un objetivo de su legislatura y una reforma de estas características es imposible desde una confrontación con Catalunya. Pero hay más. En algunos sectores como en el País Vasco están viendo si la vía catalana del consenso y el diálogo fructifica o no. Si no lo hace, también se cierran puertas en el País Vasco. Por ello, por muchas dificultades y momentos de tensión y crispación, habrá nuevo Estatut. De eso no tengo ninguna duda.
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