Editorial: Cinco reivindicaciones
Entrevista: Roldán Jimeno Aranguren y Bixente Serrano Izko. Lecciones de Historia
Testimonio: Lourdes Zabalza (Hermana de Mikel Zabalza): «Los sentimientos de las víctimas pueden tener demasiada fuerza en un proceso de paz a la hora de jugar con neutralidad»
Opinión: Iñaki Iriondo, Gorka Landaburu, Manuel Marrero Morales y Miguel Sarratea
Reportaje: Bordatxo, zona cero Nuestro tema: Cámara oculta Desde la ventana: "Vírgenes" de D.M. Indart Internacional: Volveré y seremos millones La foto: Estatut en Catalunya
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Reportaje: Bordatxo, zona cero
La pista de baile de la sala de fiestas Bordatxo (Santesteban, Navarra) es hoy un amasijo de escombros desde que una furgoneta Volkswagen Cady
cargada de explosivos estallara el pasado 21 de diciembre a eso de las diez de la noche. No hubo que lamentar heridos si bien la onda expansiva hizo añicos también los cristales de algunos inmuebles próximos al lugar. El caso es que, desde que ETA perpetrara este nuevo atentado, la vida social de la juventud de esta comarca del Bidasoa está más que mermada. Y es que la discoteca Bordatxo era algo más que una discoteca al uso. Lo recordamos en este reportaje.
Los sábados ya no son lo que eran en Santesteban, población navarra de 1.500 habitantes situada a poco más de cincuenta kilómetros de Pamplona. Con las luces de neón de la discoteca amputadas de cuajo como consecuencia de la detonación, la sombra del edificio muerto que se vislumbra por encima del río Ezkurra se asemeja más a una ballena varada que desorientada ha terminado a las orillas de la playa, por lo que queda muy lejos el espejismo luminoso que todos los sábados parpadeaba ante los ojos de miles de jóvenes de la comarca que acudían hasta ella para, simplemente, hacerse con las horas de las madrugadas que ante sí les ofrecía el fin de semana y ejercer de este modo su derecho a la diversión. Vaya, que con el recuerdo de tiempos mejores, a una el alma se le cae a los pies. Y sé de lo que hablo, me siento afectada en primera persona, pues fueron muchas las citas que yo misma dispuse en la susodicha sala de fiestas.
Corazón de una comarca
Anclada a las orillas del río Bidasoa, Santestaban es el núcleo urbano más importante del valle de Malaerreka, el epicentro social y económico de dos puñados de pueblos que apenas llegan a la centena de habitantes. Por eso, las personas que en los alrededores persisten en revitalizar el entorno desde sus grandes caseríos de piedra acuden a Doneztebe para visitar al médico que conocen de toda la vida, para realizar sus compras semanales en supermercados que compiten entre sí con ofertas y promociones de dos por uno, para poner al día sus cuentas bancarias en cajas de ahorro que de vez en cuando les regalan una vajilla de porcelana húngara o para llevar a sus hijos e hijas a la escuela comarcal donde también los padres y madres estudiaron en su día bajo el mando de un profesorado mucho más estricto que el del tiempo presente. Es decir, de los que incluso castigaban a los mal portados de cara a la pared, justo al lado del encerado y con la penitencia a la vista de toda la clase. Y es que, ¿cuántas generaciones de parejas de la zona no se habrán encontrado, conocido y enamorado en la pista del Bordatxo? A buen seguro son legión.
Pero además, como Santesteban está situada en el cruce de caminos natural que dibujan los pueblos de Elizondo, Leitza y Bera, también ella compite en contra de estas tres para hacerse con la capitalidad de la zona montañosa de Navarra que al norte de esta comunidad linda con Gipuzkoa, por un lado, y con las provincias vascas de Iparralde, por otro. Y tal vez por todo, por una cosa y por la otra, es por lo que la discoteca en cuestión resultaba tan peculiar y diferente a otras zonas de baile. De hecho, su evidente ruralidad era lo que primero de todo saltaba a la vista de quien por primera vez visitaba el Bordatxo, pudiéndose ver en un mismo ambiente a personas de aspecto rudo, que bien podían trabajar al mando de muchas robadas de tierra, junto con cuadrillas de jóvenes discotequeras que al dictado de las últimas corrientes de la moda presumían de piercings en el ómbligo, por encima del labio, en la mitad de la lengua o a un lado de la ceja. De hecho, después del atentado, tras los comunicados de condena y solidaridad para con los afectados, la juventud de Santesteban no dudó en movilizarse y convocó una manifestación con el lema de «Bordatxo bai. Gazteek nahi», o lo que es lo mismo, «Sí al Bordatxo. Así lo quiere la juventud».
Sin embargo, y sirve como ejemplo el último sábado de enero de este 2006 que todavía presume de estreno, los bares de Doneztebe se encuentran ahora semivacíos. Tanto es así que por sus calles apenas hay ningún rastro de ambiente nocturno ni algarabía que se precie. Con el Bordatxo en plan espectro fantasmagórico, los más de 2.000 jóvenes que acudían todos los fines de semana al pueblo atraídos por el emblemático local se van ahora a otros municipios navarros como Elizondo, Lekunberri o Leitza, donde sí hay salas de fiestas para el gozo y disfrute de los cuerpos y de las almas.
De hecho, como consecuencia del efecto dominó por el que una ficha tumba la siguiente, el sector hostelero de Santesteban está más que preocupado por el bajón de la clientela que se ha producido desde que el Bordatxo fuera objeto de la destrucción. Según las cifras que los propios hosteleros han calculado, desde aquel 21 de diciembre, en los diez bares del pueblo, el consumo ha descendido como un 90%, sobre todo en aquéllos que se encuentran en las cercanías de la discoteca y que durante la madrugada del sábado funcionaban al estilo de un pub musical. Así, el poteo previo por todos ellos era lo que mandaba la norma, antes de animarse a la discoteca y a sus cañones laser. Es más. Incluso temen que la hostelería sea sólo la primera pieza en caer, pues creen que los efectos también podrían afectar en un futuro más o menos cercano a otros sectores del municipio.
Aunque no sólo eso, ya que el Bordatxo era más que una discoteca al uso. Este mismo espacio servía para activar la vida cultural de la zona con muchos otros espectáculos que se iban celebrando dentro del calendario anual. Entre otras cosas, en su seno se celebraba el Festival de la Canción Vasca o el Campeonato de Bertsolaris de Navarra, lo cual permitía que las personas del lugar y los alrededores tuvieran la opción de disfrutar de su ocio, más todavía cuando esta comarca está acostumbrada a la queja ante la desatención que a este respecto recibe desde las administraciones públicas forales. El mismo 17 de diciembre, sólo cuatro días antes de que todo saltara por los aires, la Asociación Navarra para la Salud Mental (ANASAPS) había celebrado un gala benéfica para recaudar fondos. Consiguieron reunir 7.710 euros, aunque desde esta asociación ya han anunciado que devolverán el 7% de lo recaudado como gesto simbólico de solidaridad para con la familia Beola, gerente de la sala de fiestas.
Futuro incierto
La sala de fiestas Bordatxo de Doneztebe se abrió hace una treintena de años y era un establecimiento muy popular y arraigado en los valles de Malaerreka, Bertizarana, Baztan y Bortziriak. Hace unos veintidós años sufrió un incendio que se produjo de forma fortuita a consecuencia de una chispa que saltó de un equipo de soldadura con el que se trabajaba en el interior a consecuencia de lo cual quedó completamente destruida. Con posterioridad, se reconstruyó al cien por ciento y continuó su actividad hasta que en el año 2002 cambió de propietarios y tomaron su mando la familia de Josetxo Beola los cuales ya han manifestado su deseo de reabrir de nuevo el local. En todo caso, en estos momentos, los Beola están pendiente de la cantidad a cobrar por el seguro del consorcio, aún cuando ya están pidiendo presupuestos para los anteproyectos. Cuando sepan exactamente cuál es la cantidad a invertir, entonces tomarán una decisión que será definitiva.
Mientras tanto, casi un mes después de la explosión, muchos vecinos siguen acercándose a las ruinas del Bordatxo que permanecen igual que el primer día: como las piernas rotas de mil hormigas. Así lo hice yo misma el otro día. Quise cerrar los ojos e imaginé que sonaba la música, como en un tiempo me ensordecía los tímpanos, cualquiera de las madrugadas en las que me acerqué por el Bordatxo. Y mis pies comenzaron a moverse en el recuerdo de muchas fiebres de sábado noche. Espero que se repitan.
Triste Peña
Aingeru Epaltza, escritor. Diario de Noticias. 23 de diciembre de 2005
La emisora Euskadi Gaztea, el más joven de los retoños de EITB, se ha convertido en sus diez años de vida en un pequeño fenómeno sociológico a base de música diferente a la de los hit comerciales y de un aire desenfadado que recuerda a veces al de la menos convencional de las radios libres.
Hoy es la preferida de los jóvenes vascófonos, atraídos por la calidad de su apuesta musical y por la posibilidad de que su voz o sus opiniones aparezcan en antena. El pasado jueves, al día siguiente del atentado que destruyó la discoteca Bordatxo de Doneztebe, el correo electrónico de Euskadi Gaztea echaba humo ante la cantidad de mensajes y la virulencia de los mismos.
Cabreadísimos jóvenes euskaldunes echando pestes contra ETA y los suyos. Tan era así, que el propio locutor del programa de la tarde llegó a mostrar su preocupación de que su espacio acabara convertido en un monográfico. Cualquiera que conozca las comarcas de la Montaña Navarra sabe que el Bordatxo es o ha sido bastante más que una discoteca al uso. Sin esta sala de fiestas resulta difícil entender la reciente historia pequeña de un extenso triángulo cuyos vértices forman las localidades de Zugarramurdi, Bera y Zubieta, e incluso de más allá.
Punto de reunión por antonomasia de jóvenes y no tan jóvenes, el 80% de las actuales parejas de Malaerreka y aledaños se han formado en esta sala.
Por eso y por muchas cosas más, el Bordatxo es un lugar de resonancias casi míticas, sobre el que asombra que no haya todavía estudios antropológicos. Y el que crea que exagero es que no tiene ni idea de cómo es la vida más allá del puerto de Belate.
En sus cuatro décadas de existencia el Bordatxo se ha enfrentado a curas integristas que pedían su cierre desde el púlpito y a un impune asesinato múltiple protagonizado por policías de paisano. Con ellos hará peña –triste peña– ese cobrador del frac con capucha al que, por lo visto, le faltaba guita para pagar la extraordinaria de sus comandos. No saben lo que han hecho.
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