Editorial: Cinco reivindicaciones
Entrevista: Roldán Jimeno Aranguren y Bixente Serrano Izko. Lecciones de Historia
Testimonio: Lourdes Zabalza (Hermana de Mikel Zabalza): «Los sentimientos de las víctimas pueden tener demasiada fuerza en un proceso de paz a la hora de jugar con neutralidad»
Opinión: Iñaki Iriondo, Gorka Landaburu, Manuel Marrero Morales y Miguel Sarratea
Reportaje: Bordatxo, zona cero Nuestro tema: Cámara oculta Desde la ventana: "Vírgenes" de D.M. Indart Internacional: Volveré y seremos millones La foto: Estatut en Catalunya
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Internacional: Volveré y seremos millones
Hemos asistido estos días a la toma de poder del recientemente elegido presidente de Bolivia Evo Morales Aima, a quien se viene denominando como el primer presidente indígena de la Historia de América.
Cuando el 15 de noviembre de 1781 el héroe aymará Tupak Katari murió descuartizado por soldados españoles, lo hizo lanzando un grito que la tradición indígena convirtió en profecía: «Volveré y seré millones». Desde entonces, la nación indígena, disuelta en una estructura social que le ha privado de todo poder decisorio y en la mayoría de los casos del derecho a una vida digna, ha esperado la llegada de lo que ellos llaman el «Pachacuti», un nuevo tiempo y el «Jacha Uru», un nuevo amanecer. Ahora, pasados dos siglos de aquellos hechos, esta profecía parece cumplirse al pie de la letra. Evo Morales Aima, un indio también de la etnia aymará llega a la presidencia de Bolivia respaldado por más de un millón y medio de votos, sin violencia, sin guerrillas, apoyado en la palabra y en el trabajo con sus iguales, aquéllos a quien los incontables gobiernos bolivianos habían olvidado, marginado, utilizado, explotado y abandonado durante siglos.
Bolivia olvidada
Bolivia es un olvidado país de Sudamérica. Seguramente el más olvidado, y no por casualidad. Y también el más pobre. Con una economía en niveles propios de países subsaharianos, su población mayoritariamente indígena –dos tercios del total– está acostumbrada a vivir en la pobreza y ver pasar de cerca, pero de forma inaccesible, la riqueza y la opulencia de las clases dirigentes. En su historia, Bolivia –que tomó el nombre del Libertador Bolivar– ha conocido prácticamente todas las formas de organización política, pasando también, cómo no, por la dictadura del general Banzer en aquellos años setenta en que Latinoamérica se convirtió en un lugar poco amable para los amantes de las democracias. Además, como cualquier país de ésos que forman parte del grupo de los empobrecidos, Bolivia es un desastre. Destartalado, sin apenas infraestructuras, desorganizado, sin ni siquiera salida al mar, donde la corrupción campa «por doquier» y donde la clase política corrupta y «títere» ha podido hacer y deshacer «a sus anchas», (o mejor dicho, como a sus mentores les convenía). Sirva como ejemplo de este desastre que desde 1978 han pasado por el cargo que ahora ostenta Evo Morales 17 presidentes, la media es de año y medio por mandato, todo un ejemplo de inestabilidad.
La causa de toda esta corrupción, inestabilidad y desgobierno es, cómo no, la inmensa riqueza que posee. Bolivia fue famosa por su minas de plata en la ciudad de Potosí, explotadas desde los tiempos de la colonización, pero que aún son objeto del deseo de grandes empresarios, como el ex-presidente Sánchez Lozada. Así mismo, más tarde se encontraron con el estaño que enriqueció al honorable Simón y Patiño a quien le gustaron tanto los placeres europeos que rara vez se le veía por su tierra. Luego apareció el petróleo que con el pretexto de que era muy ligero y no servía para hacer carburantes diesel se compraba a precios muy diferentes al venezolano o mexicano, aunque las petroleras nunca han explicado que el crudo ligero permite una fácil extracción y un refino rápido y barato. Y por último llegó el gas, donde Repsol ha puesto el ojo y también una importante apuesta de futuro en su negocio. Todo esto adornado con esmeraldas, bolivianitas, una región tropical fértil, soja, cacao, quinua… y la perseguida hoja de coca, verdadero sustento de miles de indígenas que ven cómo todas las riquezas mencionadas les son arrebatadas sin remedio.
Pues bien, en medio de todo esto surge la figura de un presidente como Evo Morales. Nacido en 1959 en el andino departamento de Oruro, en una familia indígena aymará, entre los oficios que desarrolla están el de pastor de llamas, ladrillero, panadero y músico. Hace más de 20 años partió hacia Chapare, en el trópico de Cochabamba, coincidiendo con el incremento de la siembra de coca en esa región. Con el surgimiento de las políticas de erradicación del cultivo de coca, «coca cero», comienza a destacar en el movimiento cocalero que termina por liderar y que finalmente le lleva a la escena política, hasta que en 1997 fue elegido diputado. Por eso, Evo Morales no es un recién llegado, pese a lo que los medios de comunicación han transmitido. La figura de Evo no es la de un dirigente que desconoce el terreno donde pisa. Es cierto que no es un estadista preparado en las universidades norteamericanas como sus predecesores, pero lleva años trabajando con los suyos en el Chapare. Durante años, sus oponentes políticos han utilizado su liderazgo entre los cocaleros para acusarlo de tener conexiones con el narcotráfico. Morales siempre ha negado cualquier acusación de este tipo. Pero finalmente, en enero de 2002, acusado de estar tras las protestas ilegales de los cocaleros, fue expulsado del Parlamento.
Inestabilidad gubernamental
Desde 2003 dos presidentes han abandonado el cargo en Bolivia: Sánchez Lozada, quien huyó a Miami tras una sangrienta represión contra las protestas que se oponían a sus políticas sobre los hidrocarburos y Carlos Mesa, quien a su llegada a la presidencia contó con la más o menos explícita colaboración de Evo y que finalmente dimitió tras días de asedio a su gobierno aunque, eso sí, cumpliendo su promesa de no utilizar las armas para defender su gobierno ni poner más muertes en la historia de Bolivia.
Los partidarios de Evo Morales sostienen que es el único político boliviano que posee legitimidad frente a los movimientos sociales que continuamente movilizados ponen en riesgo la estabilidad del país y están seguros de que su llegada al poder marcará un antes y un después para las clases menos privilegiadas ya que por fin verán a uno de los suyos al frente del Estado.
No obstante, Morales cuenta con sectores críticos dentro y fuera de Bolivia. Para los empresarios, se trata de un demagogo sin experiencia administrativa, lo que espantará todo tipo de inversión. Al mismo tiempo, amplios sectores de la izquierda avisan de que no se atreverá a llevar a cabo los puntos más atrevidos de sus promesas electorales. Finalmente, Estados Unidos lo considera una importante amenaza a la seguridad y la estabilidad en la zona.
Está claro que el dirigente indígena ha despertado enormes expectativas de cambio entre los sectores más pobres de la población, pero parece que dispondrá de poco tiempo para no defraudarlas. Además, sus primeras actuaciones, antes incluso de la toma de poder, se dirigen a homologar el contundente triunfo de diciembre ante el resto del mundo, en previsión a posibles medidas «sugeridas» por el Departamento de Estado de Estados Unidos.
Entre los logros de este «periplo» están: la condonación de la deuda de su país avalada en más de 100 millones de dólares, créditos por más de 200 millones de dólares, donaciones por más de 70 millones, la tecnificación y maquinaria agrícola por 15 millones de dólares, varios proyectos de alfabetización, instalación de radios comunitarias, documentación masiva y otros de educación, salud y deporte que son muy significativos. Además, también ha recogido el respaldo incondicional de un sinfín de organizaciones sociales, políticas y de los presidentes de todos los gobiernos con los que tuvo ocasión de reunirse.
En este sentido, el primer gran reto de Evo era, y es, evitar que su próximo gobierno sea víctima de las confabulaciones diplomáticas de Estados Unidos antes de empezar a trabajar. En todo caso, y curiosamente, también ha conseguido un respaldo internacional inédito para ayudar a uno de los países más pobres del planeta, acaparando una simpatía unánime que ningún jefe revolucionario del siglo XX había logrado con tal contundencia mediática. Por el momento, Evo nos ha demostrado saber protagonizar una revolución diplomática pues se reconoce admirador del Ché Guevara, del Subcomandante Marcos, de Nelson Mandela y de Mao Tse Tung, al mismo tiempo que se define como antineoliberal, antioligárquico y «antiimperialista». Por lo mismo, dice que es amigo personal de los presidentes Fidel Castro, Hugo Chávez y Luis Ignacio da Silva y es recibido con honores por gobernantes europeos como el socialista Zapatero o el conservador Jacques Chirac.
Para algunos pensadores de izquierda, la aparición de Evo Morales en el escenario de la política internacional ha despertado un modelo para la izquierda en este siglo. Hasta Evo Morales, al menos en América Latina, los únicos referentes de la izquierda eran Fidel Castro como líder de una revolución que sobrevive dignamente ante el bloqueo norteamericano y Hugo Chávez, líder caudillista éste de un proyecto bolivariano demasiado expuesto a la crítica por su paternalismo y casi autoritarismo.
Otro modelo
La diferencia y la esperanza de que Evo es otro modelo tiene reflejo en su reciente gira a su paso por Sudáfrica. A diferencia de Venezuela, donde Evo fue recibido por un todopoderoso y «apadrinador» Hugo Chávez, el líder del MAS conoció en Sudáfrica a una comunidad de dirigentes negros en el gobierno de Pretoria. Tras recibir el respeto y saludo del presidente Mbeki, tuvo una reunión con los negociadores del proceso de paz en este territorio, Ciryl Ramaphosa y Roelff Meyer, y se reunió con el premio Nóbel de la Paz, Frederick de Klerk. Evo Morales supo encontrar la similitud de problemáticas entre Sudáfrica y Bolivia. En los dos países la segregación racial es un factor central de la discusión política y se puede incluso equiparar ciudades como Soweto en las cercanías de Johanesburgo o El Alto en las laderas de La Paz. Muchos desconocen o quieren desconocer que Evo también tiene en su historial político importantes episodios de lucha no violenta, como aquellas jornadas de vigilia y «acullicu» de 1992 donde resistió pacíficamente ante un plan que el gobierno norteamericano había puesto en marcha para militarizar las zonas productoras de coca.
Y es que, sorprendentemente, este líder indígena ha logrado conmover al mundo demostrando que es posible una revolución social y política a base de votos y no de balas.
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